Ilustraciones Visual

El lesbianismo después del lesbianismo

Escribe Yamila Fernández @itsmeyamiii
Ilustra Cielo Galibert @detiemposomos

Nos sobran días comerciales que hacen de junio el mes en el que todas las marcas se estampan la bandera del orgullo. Pero nos faltan caracteres, años luz y kilos de empatía para hablar de diversidad, para recordar que existimos, que somos simplemente personas, dentro y fuera del binarismo, con una orientación sexual individual. Existimos y coexistimos en el mundo, con nuestros derechos.

Diversidad como inclusión, pero diversidad también como naturalización. De más está hablar de personas diversas, cada une entendiendo este concepto como un neologismo instalado poco abarcado, interpelades por la autopercepción.

Lesbianas también son las mujeres mayores de 40 años, lesbianas mamás, lesbianas abuelas, lesbianas vecinas, lesbianas en todos lados. Tenemos interiorizado el tabú a la orientación sexual de las personas mayores. Vivimos plenamente nuestra juventud, militamos nuestras ideologías y defendemos con garra y pasión las luchas de la comunidad LGBT+, pero ¿qué pasa con las lesbianas de más de 40 años? Están, siguen siendo lesbianas. Algunas usan Tinder, otras van a fiestas, otras se casan y otras se encuentran a sí mismas en la soltería. La invisibilización del lesbianismo como sujeto político se agrava conforme pasan los años. Ese combo explosivo de ser mujer o no binarie, ser lesbiana o bisexual y, para colmo, haber pasado los “años dorados de juventud” nos da como resultado una inexistencia social y cultural.

La vivencia de cada una converge en una definición propia de cómo vivir la sexualidad y el amor. Influenciadas por un contexto social, político y familiar, las salidas del closet no eran una opción. Vigiladas, oprimidas, en busca de un complemento, en busca de algo que las identifique, en medio de la vorágine personal y de la presión social. 

Hagamos una rápida comparación: dos lesbianas caminando de la mano por la calle, hoy y veinticinco años atrás. En ese momento era básicamente inimaginable ser lesbiana y salir al mundo con tu pareja, vivir la relación abiertamente, sin que un sinfín de atrocidades te condenasen. Si hoy en día seguimos viendo noticias de represión y lesbodio, ¿cómo nos parábamos frente a la misma situación décadas atrás? Resistir, atravesar matrimonios heterosexuales –indeseados, incompletos, indiferentes–, construir una familia y vivir en la sombra, bajo una cárcel propia e inconsciente.

Hay tantas maneras de vivir el lesbianismo como personas que efectivamente lo viven. Salirse de la norma, romper con lo binario, dejar de lado la etiqueta. Navegar y fluir en un camino propio, lleno de experiencias, de lugares que sí y lugares que no, matrimonios, hijes, rupturas, blanqueos. Con orgullo, con privilegios, con militancia, con naturalidad, con la bandera en alto, con un flujo cambiante y experimental en el cual se renueva un ciclo y se descubren mesetas introspectivas.

Cada una dentro de su diversidad, autodefinida o no, me deja día a día unos gramitos de sabiduría, implantados en la experiencia y transmitidos en la palabra, en la mirada de años vividos y entendimiento que sobrepasa la empatía. La esperanza de que no todo está perdido, de que aspiramos a una libertad propia y colectiva, sabiendo que la diversidad tiene tantos nombres como une desee y la visibilidad está únicamente en nosotres.

“Romper con la idea de que ser lesbiana es una tragedia; de que las lesbianas en las historias de amor, en las películas, en las novelas, terminamos mal.” – Kekena Corvalán.

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