Entrevistas

Entrevista a la dramaturga Florencia Aroldi: “El teatro tiene la virtud de inquietar y de hacernos más humanos”.

Por Hernán Paryszewski
Fotografía de David Leiva

Hija de la actriz María Ibarreta y del actor y dramaturgo Norberto Aroldi, fallecido en 1978, Florencia se crió entre artistas y es hoy una prolífica autora. Ha escrito obras infantiles, ha recibido premios, y hasta ha adaptado la obra de su padre, El andador, cuya primera versión tuvo en escena a Tita Merello y Ernesto Bianco en 1966.

Se formó con Mauricio Kartún, Raúl Serrano, Suzanne Lebeau, entre otros. Algunas de sus obras formaron parte del programa de Arte y Educación del Ministerio de Educación de la Nación en la programación de Paka-Paka y participaron de distintos festivales a nivel nacional. Recibió el primer premio del Festival para Adolescentes “Vamos que venimos”, el premio “Mejor Teatro para Niños” de Teatro XXI en 2012 y ganó el segundo puesto en el concurso XIII de Dramaturgia Nacional organizado por el Instituto Nacional de Teatro. Entre sus obras publicadas se encuentran: Malvina, Glamour de Camping, La Feria del Plato, Bajada de Bandera, Candy Crush, Coto yo no te conozco, entre otras. Todas ellas encuentran una anclaje en la vida cotidiana de los trabajadores de la Argentina, como de su historia. Los domingos 21 y 28 de julio estará presentando en cartelera Celosía, basada en su libro de teatro por cuartos en el teatro IFT, Boulogne Sur Mer 549. 

Amalgama dialogó con la dramaturga sobre su escritura y sobre la función política del teatro; sobre la producción de obras breves y de lo que significa para ella el concepto de conventillo, que se evidencia en su última publicación.

¿Qué relación establecés entre teatro y política?

La política, en mi manera de ver el mundo, tiene que ver con la forma de organización de las sociedades. Las sociedades están conformadas y a la vez conforman individuos. El teatro es una expresión artística realizada por individuos para otros individuos. Los individuos, para mí, somos seres políticos. Porque nadie es fuera de, sino dentro de y en relación con los otros en una comunidad organizada según una jerarquía de valores. Este paradigma neoliberal nos quiere hacer creer que la fragmentación y el individualismo es la única manera de organización por esencia. Y yo, por supuesto, no creo que sea así. El teatro nos conmueve, nos mueve de lugar, nos sensibiliza, derriba certezas. Y eso, necesariamente, impacta sobre la subjetividad de los individuos que pueden discernir, participar, y ejercer su libertad para elegir  el tipo de sociedad en la que deseen vivir. El teatro, para mí, socializa, y en ese sentido encuentro una relación estrechísima entre teatro y política.

Por lo general, tus obras surgen de una situación cotidiana que asocias con un momento histórico. ¿La actualidad es una excusa para hablar de un momento histórico, o la Historia es una excusa para hablar de la actualidad?

Creo que todos los momentos son históricos, y que todas las personas somos protagonistas de nuestra propia vida. Los poderes hegemónicos quieren diseñar el reparto de la sociedad con cada vez más personajes “chicos” o “extras” donde los protagonistas son los que tienen dinero para estudiar, comer, viajar… Y los que no, tienen poca letra, jugando un poco con la estructura aristotélica.

El teatro me da la posibilidad de cambio de roles. Scalabrini Ortiz decía que él es uno cualquiera que sabe que es uno cualquiera. Me gusta, cuando escribo, hacer protagonistas a personajes que no son visibilizados por el poder de turno.

El teatro viene a recordarnos que esa construcción puede ser de otra manera, ahí también el carácter político. La historia, o el discurso oficial de turno, va construyendo el relato histórico según el modelo partidario. A mí me interesa poner a cada personaje en un lugar de micro-poder, pero que si toman conciencia es una herramienta poderosa para transformarse en el proyecto personal que deseen. Este gobierno nos mata el deseo, nos convierte en artefactos de supervivencia, eso se transforma en violencia cotidiana que nos lleva a la fragmentación en lugar de construir lazos sociales de calidad y consolidar una comunidad que nos contenga y nos oriente. Eso los poderosos lo saben. Aniquilar nuestra subjetividad en pos de la supervivencia es un arma de dominación perfecta.

Hace un tiempo que venís experimentando con obras de teatro breves. ¿Qué aprendiste de este género artístico?

Disfruto mucho del proceso de escritura de una obra breve porque me hace ser más precisa respecto al manejo de la técnica de la estructura dramática. No sé si es más difícil o más fácil que escribir una obra larga, es otra cosa. Es tal vez el mismo cromosoma teatral solo que tengo que plantar el conflicto de una manera más cruda. Tengo que poner a hervir la metonimia y encontrar un momento en el “aquí y ahora” donde está a punto de ebullición. Tengo que tener, como en todos los casos, más amasada la metáfora, si se quiere, pero el teatro siempre es metáfora y la metáfora no se mide con la misma vara que la vida.

¿Cuánto dura un cuadro por ejemplo? Tal vez, lo que aprendí, y sigo aprendiendo, es a diferenciar el tiempo cronológico del ficcional, y a organizar la estructura dramática separando y jugando con ambas maneras de medir lo incalculable, el fuera de campo, y a acotarlo a una unidad autosuficiente, es decir, a un principio, desarrollo y final, en un fragmento más corto. Pero ¿más corto que qué? ¿Que una obra convencionalmente “normal”, de 60 minutos?

En tu última publicación, Celosía, retomás el espacio del conventillo, una figura utilizada en el teatro para pensar el grotesco, para pensar el momento histórico de la oleada migratoria. En este caso, haces hablar a los nietos y bisnietos de aquellos inmigrantes que llegaron a la Argentina. ¿Por qué retomás este espacio?

La palabra conventillo tiene en mí un aroma familiar. Me gusta. Además tiene colores. Encierra para mí un conflicto. No sé por qué, o sí, la Historia misma. Me sirve para metaforizar un país, un grupo de personas de bajos recursos económicos, muchos inmigrantes que compartían baño, cocina y patio. El espacio material habla del alma y de la historia de esas personas que conviven en un mismo lugar. La imaginación se dispara. De la realidad cotidiana de cada uno de ellos estalla una estética necesariamente. El conventillo, además de un hábitat concreto, también puede ser metáfora de tiempo histórico. Somos seres históricos, aunque también este gobierno nos quiera persuadir de lo contrario, nuestra identidad es nuestro origen, y nadie puede estar contento si no sabe quién es, tanto individual como socialmente. En Calefón, una nieta de italiana encuentra en el objeto calefón materializada gran parte de su tristeza. En Contrólate, Begonia sucede un reencuentro de dos ex alumnos del Nacional Buenos Aires que fueron separados por el exilio de ella y por el secuestro de él el año que murió Juan Domingo Perón. No me arrepiento es una metáfora en un casamiento donde la novia advierte que le dio sus votos al candidato equivocado pero que no lo hizo ingenuamente. Estos personajes conviven como en una especie de conventillo, los espacios no están diferenciados, cohabitan en escena continuamente. Creo que cada uno de nosotros es parte de la historia-presente del otro. Y en la medida que seamos conscientes de eso podremos orientarnos, ser sujetos de deseo, amorosos, y podremos proyectarnos y construir la arquitectura de nuestro futuro. Somos personas, no números. También eso nos quieren hacer creer desde el poder, pero el teatro nos recuerda que no es así.

Sos una persona bastante inquieta y tenés una necesidad muy fuerte de crear constantemente. ¿Qué es lo último en lo que estás trabajando?

Estoy por sacar Ochava con la editorial Nueva generación, son 8 obras breves. Con prólogo de Carlos Fos y un estudio preliminar de María de los Ángeles Sanz. Recientemente terminé la obra Scalabrini Ortiz, sobre la vida de este pensador nacional, que va a dirigir Sebastián Berenguer con las actuaciones de Pablo Razuk y Silvana Seewald. Cuando la justicia permita abrir la sala Osvaldo Chacho Dragún, en el Bauen (fijate de qué manera el teatro es político que el gobierno lo comprende perfectamente y prohibió en plena democracia la apertura de esa sala), Manuel Callau estrenará Garrafa con el elenco de El descubridor. También estrenaremos en noviembre en el Espacio IFT otras obras breves que llevarán el título del libro Ochava, gracias a Osvaldo Quiroga que está haciendo una labor titánica en el espacio. En agosto en Microteatro vamos a estar con PSA con dirección de Carlo Argento, y con las actuaciones de Fabiana Rey y Celeste García Satur. En septiembre también en Micro, Cama Cucheta con dirección de Lorena Romanin, con Silvia Villazur, Cristina Maresca y Sabrina Lar. Y otros proyectos más para el año próximo como Prestame tu sueño, con la dirección de Manuel González Gil y Las oceanógrafas. Es verdad, soy  algo inquieta, como  el teatro.

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