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Feria de Editores 2019

Fotos y texto por Cecilia Pascual @cecilia_pascual_

Con el objetivo de promover las pequeñas editoriales, del viernes 2 al domingo 4 de agosto se llevó a cabo la 8va. Feria de Editores en la Ciudad Cultural Konex. El catálogo de este año, más rico y versátil que en otras ediciones, muestra en primer plano la necesidad de difundir no solo la literatura emergente argentina sino también la de toda Latinoamérica.

En la primera edición de la Feria, que se realizó en 2013 en FM La Tribu, participaron quince editoriales. Desde entonces, el evento no paró de crecer. En 2016, se desarrolló en la galería de Arte Central Newbery con más de ochenta editoriales, incluyendo algunas de países latinoamericanos como México, Uruguay y Chile. En 2017 llegó a las 140 editoriales, incluidas algunas de España, Perú, Venezuela y Ecuador.

Este año, la cantidad de editoriales ascendió a 250, con una presencia marcada de editoriales chilenas y uruguayas con fuerte énfasis en poesía y narrativa contemporánea.

Además de la feria en sí, se organizó un ciclo de debates sobre autores contemporánexs latinoamericanxs, feminismos, y las necesidades y complicaciones que se presentan hoy a la hora de editar en este escenario en el que el trabajo artesanal es cada vez complejo.

En este marco, Amalgama estuvo presente en la charla En primera persona: cuando la vida atraviesa la literatura, organizada por Odelia Editora, de la cual participaron Mercedes Halfon (El trabajo de los ojos, Editorial Entropía, 2017), Julia Coria (Todo nos sale bien, Odelia Editora, 2019), y Belén López Peiró (Porqué volvías cada verano, Editorial Madreselva, 2018), con Maru Drozd como moderadora.

De izq. a der.: Mercedes Halfon, Julia Coria, Maru Drozd, Belén López Peiró

¿Cuándo sintieron que la historia que tenían para contar podía escribirse?

MH: En mi caso, empezó a partir de una convocatoria para un ciclo que se llama Confesionario, que tenía lugar en el Centro Cultural Rojas y lo coordinaba Cecilia Szperling. La propuesta era contar una historia que tuviera que ver con algo que a una le diera vergüenza o pudor, algo del orden de la confesión. Yo me puse a pensar en algo de lo cual me costara hablar y me dí cuenta de que tenía que ver con mis problemas en la vista. Pero sobre todo con el problema del estrabismo. Sentía que me ponía en un lugar de autocompasión que no me gustaba, que era incómodo y raro y no sabía cómo escribir sobre eso.

Escribí algunas páginas y descubrí que ahí había un núcleo que me costaba un montón, que usar anteojos y tener problemas para ver y que mis ojos fueran extraños para los demás me había constituido como persona.
Eso fue en 2008. Después hice la Maestría en Escritura Creativa en UNTREF y ahí nos pidieron que laburemos un texto más de largo aliento para la tesis y volví a encarar ese texto. Y a partir de ahí lo encaré más decidida. Me sirvió también para preguntarme a qué género pertenecía. ¿Esto es una autoficción, un ensayo? Me di cuenta de la ambigüedad de género, de las particularidades que podía tener.

La Editorial Entropía decidió editarlo en una  colección que se llama Apostillas, que son textos indefinibles, inclasificables. Para mí, es una mezcla de ensayo, de autoficción. Hay momentos que tienen que ver con la poesía, con una búsqueda de la palabra diferente. Me gusta que no sea claro, y que el tema y el abordaje no permitan una clasificación tan sencilla.

JC: Cuando empezó el proceso de Todo nos sale bien, que es la enfermedad y posterior muerte de mi marido, me empezaron a surgir en el día a día potenciales historias y tomé notas con menos claridad de cuál era el objetivo de eso. Así empezó un diario y registro de cosas que hacían mis hijos y de cosas que hacía mi marido para no olvidármelas. Apunté títulos como si fueran grandes temas, que después aparecieron en el libro, en un proceso para mí desquiciante, de anotar todo para poder encontrarle el sentido.

Hay un personaje en una saga de Daniel Pennac que se llama Clara y es fotógrafa. Ella solo puede entender bien la realidad si la fotografía. Me pasaba un poco eso: era tal el desborde y el desquicio que sentía que si anotaba, podía gobernar mi propia realidad. Me pareció una forma de empoderarme, de encontrarle un sentido a todo ese proceso que si no, me devastaba.

Después de la muerte de mi marido, me di cuenta de que esa era una gran historia porque es la historia más corriente de todas, todos nos vamos a morir, pero no siempre se observa ese proceso. Diría que fue la única vez que vi a alguien muriéndose.

BLP: Por qué volvías cada verano es una novela que empezó y nació en el marco de un taller de escritura al que sigo yendo que da Gabriela Cabezón Cámara. En principio, quiero remarcar la importancia de los talleres de escritura. Para mí, son espacios fantásticos. Allí me sentí cuidada, acompañada, respaldada, respetada desde el minuto uno. Creo que Por qué volvías… es posible porque tuve ese espacio para narrarlo. Un día llegó una consigna de Abuelas de Plaza de Mayo que invitaba a escribir sobre lo que para cada uno era la identidad. Llegué a mi casa y empecé con el yo. Sentía que mucho de la identidad estaba ahí, y lo primero que hice fue narrar el último episodio del abuso que viví en mi adolescencia, de los 13 a los 16 años. Lo narré en primera persona, pero ni bien terminó (y narré ese porque para mí había sido el más violento), lo primero que surgió era otra voz. Era la voz de alguien que yo tenía en mi cabeza y no sabía de quién era hasta que de pronto se me vino la situación y era la voz de mi tía, la mujer de mi abusador, que me decía: “Bueno, pero ¿por qué volvías cada verano?”. Entonces pensaba que si empezaba en primera persona tenía que terminar en primera persona. Después me di cuenta de que la identidad se hace, no solo de voces propias, sino también de ajenas. Y de cómo me habían condicionado, silenciado, asfixiado, aplastado durante 10 años para que yo no pueda decir palabra.

El taller de escritura lo había comenzado en 2016, dos años después de hacer la denuncia penal y sin embargo la historia del abuso solamente quedaba puertas adentro: en mi familia, en mis amigas más cercanas. Cuando mandé mi texto a Abuelas, me dijeron que no por el lenguaje que tiene. Llamar a las cosas por su nombre también tiene su precio y yo quería que así sea y no estaba dispuesta a modificarlo. Sin embargo, confié en el espacio que había en el taller y lo llevé. Cuando lo leí, nadie fue complaciente conmigo. Nadie me dijo: “Uy, pobrecita, qué garrón”, sino: “Lo que te pasó es un garrón pero lo que escribiste está buenísimo, así que seguí con esto”. Me entregué, dejé todo lo que estaba haciendo y efectivamente hice eso.

Escribir la novela fue también recordar ciertos momentos. Al ser no ficción tiene desde llamadas telefónicas hasta mensajes de texto, diálogos, expedientes. Me parecía rico en ese sentido. Es un coro de voces que responden a las preguntas “¿Por qué volvías cada verano? ¿Por qué hablaste después de 10 años? ¿Qué se siente ser abusada?”

Hay todo un contexto que hizo posible esa situación y que es necesario problematizar para que no vuelva a repetirse. Que sea polifónico me parece que hace que nosotras nos animemos a caminar en esa delgada línea de literatura del yo, ficción, no-ficción… Me parece que en estos casos, o por lo menos en el mío, lo que más me importaba era el objetivo, que era que cada persona que se acerque al libro a ver qué vive una mujer que denuncia violencia, sienta un golpe.

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