Cine Reseñas

Ganadores y perdedores: las reglas del juego

Reseña cinematográfica: “Little Miss Sunshine”

Por Fernanda Sotelo @fer__stl

Hablemos sobre el protocolo social en un sistema capitalista, del conveniente discurso de ganadores y perdedores. De lo diferente, de la inocencia, del amor y la esperanza. De la familia como sostén en “Little Miss Sunshine”

Imagen de little sunshine en Revista Amalgama
Fuente:Mental floss

La dupla creativa Jonathan Dayton-Valerie Faris venía del mundo de las publicidades y los videoclips. Aquí nos presentan su ópera prima de la mano de un guión ganador del Óscar escrito por Michael Arndt (Toy Story 3, Star Wars ep. VII). Desde Albuquerque hasta California y para todo el mundo, esta es la historia de los Hoover, un rejunte de “perdedores”. Olive (Abigail Breslin), la más pequeña de la familia, consigue entrar al concurso de belleza para niñas Pequeña Señorita Sunshine y sueña con ganarlo. Para alimentar dicho sueño será fundamental la complicidad con su abuelo Edwin (Alan Arkin), un veterano de guerra adicto con el que practica sus estrafalarias coreografías. 

El padre Richard (Greg Kinnear) vive de dar charlas sobre cómo ser un “ganador” mientras bucea en deudas y peleas constantes con su esposa Sheryl (Toni Collette), sobrepasada por la dinámica familiar. El tío Frank (Steve Carell) es un homosexual recuperándose de un intento de suicidio por un amor no correspondido, una de sus frustraciones más recientes. Finalmente, tendremos el placer de conocer al hijo mayor Dwayne (Paul Dano), un adolescente amante de Nietzsche que odia el mundo y se sumerge en un voto de silencio hasta cumplir su objetivo de pilotar aviones de la Fuerza Aérea. Este clan es una oda a la disfuncionalidad que emprenderá un viaje en una destartalada camioneta y aprenderá, a cada obstáculo, que están rotos pero juntos.   

Un primer plano inicial a los lentes de Olive, donde vemos el reflejo de Miss América en la TV, es el anticipo ideal de uno de los motores de este relato: la esperanza de una niña. Moldeada, alimentada, distorsionada. Pero esperanzada al fin y al cabo. 

imagen de little sunshine en revista amalgama
Fuente: Reddit

 Hablando de planos, cabe destacar una dualidad con el adentro y afuera de la camioneta durante el viaje. El afuera como un gran paisaje norteamericano en toda su inmensidad lleno de potencial: el terreno de la oportunidad. El adentro en planos cortos de cada personaje que permiten un acercamiento mayor a sus conflictos y emociones: el terreno de la incertidumbre. Por otra parte, que la camioneta no arranque si no la empujan entre todos no es una casualidad, por supuesto, sino un concepto claro. Ninguno llegará a destino sin el otro: se tienen entre sí y son lo único que tienen. Pocas maneras tan fieles de representar una de las tantas formas del amor. La camioneta será mucho más que un medio de transporte: será un vehículo a su propia epifanía.

imagen de little sunshine en revista amalgama
Fuente: Películas para enseñar

Esta road movie nos presenta distintos escenarios. Un restaurant, donde los padres pelean por la alimentación de su hija, dejando entrever sus propias proyecciones del deber ser. Un tenue cuarto de hotel, un hospital y después de vuelta a la camioneta directo al desafío final que nos adelantó la introducción. Los escenarios nos van tejiendo una línea evolutiva: el hogar como base privada de un intento de calma, donde se busca en mayor o menor medida mantenerse en paz. El restaurant como transición paulatina a la esfera de lo público, al exterior. El cuarto de hotel como la resistencia a abandonar esa privacidad de hogar. Luego, el hospital como quiebre y renacer de sus vivencias, signado por una tragedia. La muerte de Edwin marcará un antes y un después en cómo se perciben individual y colectivamente. Por último, el concurso: el cara a cara con la norma. El enfrentamiento con el mundo ideal, con lo válido frente a su invalidez. Con el concepto de ser distinto. La batalla final: asumir el desafío de lograr entenderse y aceptarse para vivir en sus propios términos. Negocian de y aprenden con el otro a cada paso, oscilando entre el amor y la furia. Como la furia de Dwayne cuando descubre que es daltónico y no podrá pilotear aviones, y el amor de Olive acompañándolo en silencio.  

Olive seguramente lo sospeche, pero en toda su inocencia no lograr dimensionar realmente que ella no es como las demás niñas del concurso, que es diferente. Olive no entra en ese traje de baño de la manera que se supone correcta o ideal. Ella y todos los Hoover son los otros. Los distintos, los sapos de otro pozo sin fondo, ajenos a este mundo hegemónico, de pauta publicitaria y perfumes caros sostenido por la venta de fantasías de pertenencia, la cual es representada en los discursos motivacionales de Richard. Es que este es el protocolo: las reglas del juego necesitan mantener a la clase media como una fiel creyente de las potenciales oportunidades. Necesitan mantenerla entusiasmada. Inocente, como Olive. Fiel creyente, sobre todo, del mérito necesario para alcanzar la cima. Acaso uno de los combustibles más rentables del capitalismo sea la eterna aspiración de la clase trabajadora a ascender en la escala social: pertenecer para ser.

imagen de little sunshine en revista amalgama
Fuente: Pinterest

El humor negro será un recurso fundamental. En Little Miss Sunshine nos duele la risa. Nos duele verlos transportar un familiar muerto en la ruta, nos duele la actitud algo cómica del tío sobre la muerte (“rendirse es algo que los ganadores nunca hacen”, dice Richard cuando Frank cuenta en la mesa qué lo llevó a querer matarse, mostrándose visible incómodo por ese fracaso). Nos duele reírnos con el grito liberador de Dwayne. Y es en ese humor angustiante que interpela que nos damos cuenta de que estamos ante un mensaje honesto y no ante otra tonta película indie. Sobre Edwin en el baúl nos podemos preguntar: ¿cuánto de toda la filosofía de vida de un familiar que ya no está arrastramos en nuestro viaje? ¿Acaso construimos el ideal de familia contemporánea con la idea de que la sabiduría se transfiere y permanece en la juventud, como la de Edwin en Olive? El baile final del concurso nos demostrará que todos conservaron algo del abuelo: la frescura de abandonar sus propios prejuicios. Juntos.

Suele ser muy difícil encontrar actuaciones sobresalientes en todo el reparto principal cuando este es tan numeroso. Sin embargo, todos capturan muy bien en su propia realidad la complejidad de existir. 

imagen de little sunshine en revista amalgama
Fuente: The Daily Edge

Los méritos de la película son varios: En primer lugar, no perder nunca el hilo de humor y la humanidad que caracterizan a la historia en medio de un análisis crudo sobre los paradigmas de la cultura del éxito. Luego, no aspirar a ser más de lo que es: una vivencia. No busca desde la pretensión sacar conclusiones rimbombantes ni universales sobre la exclusión o la lucha de clases. Es lo que es. Y finalmente, rescatar una llama de atención honesta al ideal del famoso sueño americano. Algo que quizás Hollywood progresivamente olvidó cómo construir desde lo genuino, sin caer en clichés ni caricaturizaciones del relato. 

Podríamos resumir el espíritu que el film busca regalarnos en la magistral conclusión de Dwayne:La vida es un maldito concurso de belleza tras otro. La secundaria, la universidad, el trabajo… A la mierda todo eso. Si quiero ir a la academia de pilotos, encontraré la forma. Hay que hacer lo que uno quiere, y al carajo los demás. Y en esa sentencia, la sensación de respirar distinto. La esperanza en el horizonte. La esperanza propia, no de otros. La bandera que los Hoover bien terminan flameando: al carajo ganar o perder. Vivamos. 

(Crédito foto de portada: Hollywood reporter)

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